Sergio Parra
Flotando en alguna solución protectora, miles de cabezas privilegiadas de la historia permanecen alienadas en los anaqueles del museo, a la espera de que entablemos conversación con ellas. Allí está Chomsky, por ejemplo. O Nixon, ejem.Algo parecido se llevó a cabo en marzo de 1914, en el Instituto Emperador Guillermo de Investigación Cerebral y Biología General, dirigido por el doctor Oskar Vogt y apoyado financieramente por Fritz Alfred Krupp, el magnate del acero alemán. Allí se empezó a recibir cerebros de personas intelectualmente sobresalientes, sobre todo científicos. Una suerte de panteón de cerebros geniales que acaso serviría para localizar, físicamente, en algún rincón del cerebro, la fuente de la genialidad.